07 noviembre 2009

Vidas cruzadas

Uno se entrega a los demás por algo. A veces, uno encuentra en el otro un atractivo que los demás no entienden. Con cuánto desconocimiento criticamos la actuación de los otros. Pasamos por la vida lanzando miradas de reproche y sólo cuando nos acercamos a las historias de los demás, aquello cambia nuestro enfoque. En nuestro papel de observadores quisiéramos comprender algunos gestos que todavía no podemos. Los casos se multiplican. Una joven que habla del sentimiento que la unía a su mejor amiga. Aquello era más que una amistad. Se lo dijo, y la perdió; un hombre quiere adoptar un hijo, pero la ley le pone infinidad de trabas porque está unido sentimentalmente a otro hombre; un hombre que se siente atraído por dos mujeres, o la mujer que se siente capacitada para entregarse por igual a dos hombres: El poeta, el escritor, el artista que a una edad avanzada, vive unido sentimentalmente a una muchacha joven que bien pudiera ser su hija.
¿Ocurría esto antes? –nos preguntamos. Posiblemente, pero las cosas han cambiado, si bien a nuestro parecer nunca terminan de encajar ciertas posturas y actitudes.
Observamos a una pareja de homosexuales. Nos avergüenza su conducta. Calificamos su pasión de enfermiza. Hace unos días, desde mi puesto de observación, atendí la experiencia de un matrimonio de mediana edad. Su hijo, de venticuatro años, les había contado que era homosexual. <>. ¿Y qué haces para impedirlo?¿Y cómo le cuentas eso a tus amigos para que te comprendan. Te espera, sin querer, la crítica más ácida de la sociedad, que tiene otros problemas mayores, pero que no perdona el tuyo, si es que lo tuyo es un problema. Porque no se trata de un enemigo, ni de una amenaza nuclear. No va a afectarle a tus vecinos, ni siquiera tú sabrás a qué sabe su cariño, ni qué tienen que decirse de mágico dos personas del mismo sexo, ni cómo puede entenderse a finales de siglo una reivindicación donde, entre otras cosas, se pide la igualdad. Unirse a él de por vida ante la iglesia y recibir en adopción unos hijos como las vidas ricas y famosas.
Usted, señor, sí, el que me está leyendo por descuído o porque le agrada reflexionar conmigo; usted que se considera muy macho y liberal, se imagina mañana ante el espejo después de conocer por boca de su hijo que quiere con locura a otra persona, que se muere de amor por otro hombre?
Puede que no sea nuestro caso, pero meditemos un poco antes de lanzar improperios. Seamos más comprensivos con los otros. No enturbiemos la vida que a nuestro entorno nos sorprende cada día con una historia nueva.
De la sección "·Fin de Siglo", en Diario Palentino, 09/11/1998

21 octubre 2009

Lamento final: Un hospital


Recuerdo de lo que pudo ser y no fue

Desmenuzo la noticia en la novena planta del Hospital Río Carrión, donde la autora de mis días mantiene una batalla contra el Parkinson. Es una lucha sin cuartel. El cuerpo camina como una locomotora desgastada, brotan movimientos incontrolados que le llevan a adoptar las posturas más extrañas, como si estuviera a punto de desmembrarse; cuándo encogida, cuándo estirada hasta extremos sorprendentes; a ratos, bloqueada por completo, asombrando a propios y extraños, no sólo por los ademanes que la mueven de manera involuntaria, sino también, por la forma valiente y digna de encarar una enfermedad que vive pegada a su cuerpo desde hace ya ventidós años y que progresivamente ha ido avanzando. Son muchos días. Han sido muchas horas de sufrimiento y de preguntas que ella ha querido dejarnos como testimonio y de las que hablaré algún día largo y tendido.
Vuelvo a sacar retazos de mi vida privada, perdóneme el lector. Ya sé que el sufrimiento a nadie le es ajeno. A todos nos llega más tarde o más temprano; a todos nos roza ese momento en el que, por arte de magia equivocada, pasamos de la máxima dicha a la más terrible de las tormentas. Somos almas de paso. Hay muchos puentes dolorosos que pasar, y hay que pasarlos.
Además, la última semana de octubre fue una semana triste, y la noticia que aseguraba la construcción de un hospital en el norte de la provincia, se vio empañada por el eco de una despedida en Cervera, la de Ramón, “pescanu”, de mi edad, de mi vieja cuadrilla; la de Paco, la de Juez, la de Estéban y tantos otros. “¡Dichosos los que dudan de la muerte teniendo Paraíso!”. Qué bien encajan aquí los versos del poeta granadino y qué recursos tan manidos nos acechan cuando llega el último lamento por alguien.
Además de la risa y el meneo inconsciente de Josefa, ante mis ojos, en la repisa de la ventana se han depositado varios periódicos en los que se debate la necesidad de un centro hospitalario en Cervera de Pisuerga.
Me temo que se avecina un juicio salomónico. No entiendo algunas posturas. Algunas historias se me escapan. Estamos llegando al último minuto del partido con ventaja. Estamos llegando al último año de este siglo y milenio con un proyecto increíble ya resuelto, al que mucha gente se aferró con todos los sentidos.
No sabemos si fue cosa de un hombre solo, que en su lugar de mando se levantó un día sonámbulo perdido y lanzó a los cuatro vientos el fin último.
No entendemos a qué demonios juegan los políticos, ni quién pincha a los ciudadanos para invitarlos a un enfrentamiento.
Eramos pocos y estalló la guerra. Eramos viejos y nos pierde la memoria histórica. De un conformismo plano, hemos pasado a un levantamiento en toda regla. Y ni las palabras más precisas conseguirán cambiarlo.
Vuelvo mis ojos a la madre patria, miro a la madre/madre, que me mira como esperando una solución para su enfermedad que nadie encuentra.
Amanece en Palencia.Me asomo a la ventana. Puede que al final se abra una puerta y nadie eche en saco roto lo que vivió, lo que soñaba, lo que puede devolver el esplendor y la esperanza a la montaña.

De la serie Vuelta a los Orígenes, publicada en "Diario palentino", 7/11/1998

08 octubre 2009

La gran causa

Durante años, es verdad, se nos hizo creer que la pobreza venía de otros continentes. En la escuela, el maestro nos repartía unos sobres para que nuestros padres aportasen dinero para la causa aquella que nunca tenía fin. Antes, el efecto duraba una semana. Ahora mismo, aquella causa se ha extendido tanto que, cuando menos lo esperas, alguien te sacude con un bote pintado y te coloca una pegatina en el pecho, bien para que no vuelvan a importunarte más durante el día, bien para que, quienes no la llevan y se encuentran contigo, saquen sus centimos del bolsillo para echarlos a uno de los botes con los que pueden tropezarse al doblar la primera esquina. De este modo, amén de los particulares que recurren a sus propias artimañas y rifas, se crearon Entidades e Instituciones que al menos una vez al año tienen su día de colecta: Domund, Cruz Roja, DYA...etc Se ha personalizado tanto la pobreza en este fin de siglo que no es raro advertir a cualquier hora y en cualquier punto de la ciudad ese cuadro que, como los fusilamientos de Goya, se nos quedará impreso en la retina, pidiéndonos solidaridad, advirtiéndonos a cada paso de esa parte del mundo tan cercana a nosotros que sufre, que necesita, que pide para sus hijos. Mientras los altos mandatarios del país anuncian la bonanza de la economía y en alguna autonomía estudian la erradicación de los mendigos, la bomba de la pobreza estalla en otro punto con más potencia, y casi de inmediato se hace patente la solidaridad de mucha gente que intuye la dureza de la situación, la crudeza del maligno, la tesitura de vivir y morir con lo puesto, mientras el agua desbocada se lleva a los suyos, se lleva todos sus recuerdos y principios, tal y como a menudo, año tras año, ocurre en Centroamérica. Antes, cuando niños, después de la casi obligada aportación de nuestros padres para los “chinitos”, ya nos llegaban noticias de la India, la de Calcuta, la de Teresa. Y nuestros padres y maestros nos recordaban cada día nuestra diminuta opulencia: “Hay millones de niños que no tienen nada que llevarse a la boca”. Y en esa frasecita se encierra el tren de la culpabilidad al que hemos acudido como adultos responsables para solidarizarnos con un país lejano. Hoy, en medio de la catástrofe, después de nuestra pequeña aportación para mitigar las terribles heridas que en todas partes se abren; después de tranquilizar nuestras conciencias, sabiendo que unos actos mueven a otros, a mi me sigue quedando la terrible duda, me siguen machacando las pregunta de siempre: ¿Debe mantenerse la culpabilidad de Europa ante todas las catástrofes y miserias del mundo?, ¿Servirá para algo la imagen que llevamos metida a fuego en la retina?¿Reconocerán los gobernantes de esos países pobres sus obligaciones? Porque, frente a la pobreza más atroz, los gobernantes de China y de la India apostaron por convertirse en potencias nucleares.

Porque no entregamos el dinero para que no llegue, ni para que llegue a medias, ni para que los bancos (en la más obcecada de las opulencias) nos cobren comisiones por hacerlo llegar.

Porque enviamos nuestra pequeña aportación convencidos de que servirá para la causa, y que también los gobernantes de aquellos países pondrán en la balanza como primera causa aquella lucha.

Porque lo necesitan todo. Nos necesitan a todos. Y todo será poco para empezar de nuevo.

De la sección "Fin de Siglo" , en "Diario Palentino", 6/12/1998


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